10 Jul 2018
En su edición número 92, dedicada a los desafíos para los docentes del siglo XXI, la Revista Magisterio publicó nuestro artículo titulado Los ambientes de aprendizaje: materialización de la propuesta formativa de las escuelas:
"El sistema escolar en Colombia surgió en el siglo XIX con el objetivo de formar los ciudadanos que la naciente República requería. Esta perspectiva se materializó en una institución escolar organizada de manera jerárquica, con las sillas dirigidas hacia el tablero en líneas rectas, y los estudiantes en silencio absoluto, repitiendo lecciones con su atención concentrada únicamente en el maestro.
Aunque las formas de aprendizaje, y las reflexiones sobre este proceso, han cambiado de forma radical en nuestros días, muchas aulas de clase colombianas conservan los elementos antes mencionados. Cabe entonces preguntarse cómo potenciar ambientes de aprendizaje que faciliten la creatividad, la innovación y el trabajo colaborativo.
Un punto de partida para abordar esta cuestión está dado por la aproximación a la noción de ambiente escolar. Este elemento lo entenderemos como cualquier espacio intencionado para el desarrollo de competencias por medio de experiencias, interacciones y colaboración. Allí se propician actividades en las que los estudiantes pueden resolver problemas cotidianos, experimentar con materiales concretos o crear propuestas para el desarrollo comunitario, solo por mencionar algunos ejemplos.
Ahora bien, pensar en los espacios y mejor aún, en los ambientes de aprendizaje, implica pensar en un marco relacional. Así como el aula del siglo XIX presentaba una distribución imperturbable, cada objeto allí instalado transmitía mensajes. La estética escolar del pasado no era aleatoria, respondía a un currículo “oculto” para concretar al paradigma higiénico y pulcro que diferenciaría, por lo menos desde el discurso oficial, a los ciudadanos educados de los que no accedían a la escuela.
El punto importante es identificar que si hay un relacionamiento entre los implementos del aula y los sujetos que los usan se mezclan dos planos: el primero de ellos objetual, y el segundo claramente subjetivo. En la combinación de ambos se crea lo que Sheldon Annis, ya en 1974, llamó el espacio de la acción simbólica. En esta configuración aleatoria, o por lo menos cambiante, las relaciones van en función de habitar el espacio, reconocer un lugar como escenario de aprendizaje y construcción de conocimiento, y apropiar diversos saberes desde la interacción.
Desde luego, permitir estos espacios y tiempos de interacción obliga a una redefinición del rol del maestro. Ya la escuela no puede verse como un dispositivo social para “higienizar”, ni el maestro como un transmisor de saberes no modificables, sino como un generador de acciones pedagógicas para propiciar aprendizajes
En este sentido, habitar un espacio hace parte de la forma en la que pensamos el mundo y a nosotros mismos, esa es la premisa fundamental. Sin embargo, si hacemos una mirada retrospectiva de los espacios que cotidianamente vivimos, podemos notar que en cada uno las relaciones son diferentes. Es decir, por un minuto recordemos cómo está nuestro cuerpo cuando estamos en el transporte público, en el aula de clase o en una fiesta. Aunque somos los mismos, en cada situación nuestro cuerpo se comporta diferente. La diferencia radica entonces en una pregunta central: ¿Quién controla los tiempos, la distribución y las relaciones?
Así que, el control sobre la distribución, los tiempos y las relaciones nos permite identificar en la red (dispositivo) las tensiones que son resultado de los juegos cotidianos de poder, que se pueden observar en las prácticas del espacio. Por ejemplo, en la cercanía o distancia entre los sujetos, en la forma de organizar rutas o itinerarios o en las rutinas que se establecen sobre estos.
Para observar las prácticas del espacio, recapitulemos y pensemos por un minuto: ¿Cómo están distribuidos los estudiantes en el salón de clase? ¿Cuáles sus patrones de movimiento? ¿Qué relaciones son consecuencia de dichos patrones de movimiento? Para dar el salto a la configuración de los espacios en nuestras instituciones, retomamos las propuestas de María Acaso y Rosan Boch sobre la importancia de cambiar los espacios para cambiar la metodología y de esa forma estimular el pensamiento autónomo, crítico y creativo.
Desde esta perspectiva, pensar de manera autónoma y crítica implica poder moverse de manera independiente por el espacio, moverse con libertad, habitar de maneras diferentes los espacios para la movilización, de esta manera, comprender que somos diferentes, que juntos podemos hacer más y que la escuela es el escenario para promover dicha diversidad y favorecer la exploración de caminos diferentes.
Ahora, para concretar estas ideas al aula, es importante considerar cuatro asuntos para el diseño de un espacio escolar como un ambiente de aprendizaje:
- Favorecer el encuentro, es decir, que la disposición física del espacio estimule que los estudiantes y maestros interactúen.
- Involucrar diversos materiales que faciliten los procesos de aprendizaje, permitan la incorporación de las experiencias personales y propicien el trabajo colaborativo
- Permitir que el espacio se modifique según los objetivos de la clase. El ambiente puede cambiarse según las finalidades educativas-
- Abrir la posibilidad de que el espacio se apropiado por los estudiantes, reconociendo múltiples formas de habitarlo.
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